"Aquí hacen habichuelas con dulces, hacen jugos, empanadas y diferentes negocios. Hay 4 colmados y tiendas de ropa que venden desodorantes, perfumes y otras cosas".
Publicado: 09/04/2014
<p>BARAHONA, República Dominicana.- Bajo el sol candente del mediodía luego de salir de la más oscuras de las profundidades, como si no sucediera nada fuera de lo común, llenos de barro, palo en mano y con una improvisada pelota, los obreros empiezan a jugar un tipo de béisbol en el polvoriento espacio entre las casuchas y los negocios.</p>
<p>Esperan la comida que les prepararon en leña, en la cocina improvisada de zinc, mientras ellos hacían el viaje de todos los días hacia las profunidades de la tierra en busca del larimar.</p>
<p>"Antes habían unos cocineros hombres y un colmado donde yo mismo era que despachaba la comida. Pero ahora, buscando mejor sabor al paladar, tenemos mujeres que son las que están cocinando. Y ellas ganan como gana un trabajador cualquiera”, dice Luis Féliz, minero.</p>
<p>“Arroz, habichuelas y carne de pollo”, es la comida de hoy, explica Mirtha; mientras Josefina declara que a sus muchachos les preparó “un moro de habichuelas con pastas”.<img alt="" src="http://www.photoshelter.com/img-get/I0000xgCA8l2kEZk/s/1000?1395951294.jpg" style="float:right; height:200px; margin:5px; width:300px" /></p>
<p>Cada hoyo posee su propia cocina. Dos mujeres en cada uno. Las damas elaboran la comida del día a quienes son sus padres, hermanos, esposos y amigos, en improvisadas estufas de carbón y hojas de zinc.</p>
<p>Al aproximarse la tarde, las mujeres que no se encuentran en el lugar, ubicado a 12 kilómetros de la comunidad de Bahoruco (<strong>ojo, no confundir con la provincia del mismo nombre</strong>) y 22 de la ciudad de Barahona, llegan en busca de sus seres queridos.</p>
<p>La mayoría son niñas y adolescentes. Cargan a los más pequeños en sus brazos o exhiben sus vientres abultados, a la espera del próximo bebé, los capullos de los próximos trabajadores de la piedra semipreciosa.</p>
<p>La escena muestra un terreno oblicuo, con las casuchas sesgadas, no se sabe si por el deterioro causado por el paso del tiempo o por la forma precaria en que fueron construidas. En estas frágiles estructuras operan desde colmados hasta tiendas de ropa u otros aditamentos; bienes baratos, al alcance de los obreros mineros y de sus parientes.</p>
<p>“Aquí hacen habichuelas con dulces, hacen jugos, empanadas y diferentes negocios. Hay 4 colmados y tiendas de ropa que venden desodorantes, perfumes y otras cosas”, dice Israel Gómez, minero desde hace 25 años.</p>
<p>Explica que, diariamente, por la zona circulan entre 800 y 1000 personas, lo que constituye un potencial mercado que puede demandar los productos en oferta a precios más altos que en las localidades urbanas de la provincia. “Aquí todo lo que tú pones a vender lo vendes, porque somos muchos, pero tú sabes que si un jugo en Bahoruco vale 10 pesos, aquí vale 25, todo es el doble por la incomodidad de traerlo”, explica.</p>
<p>Señala su casa grisácea, completamente de hojas de zinc y con una puerta de madera. Está cerrada con un candado, ya que él se la pasa trabajando todo el día.</p>
<p>Sus hijos se marcharon muy pequeños con su madre a Puerto Rico. Ahora vive solo.</p>
<p>Al lado, un enorme caldero sobre leña roja ardiente; explica Gómez que es el dulce de habichuelas más sabroso que jamás han degustado. Una mujer lo mueve sin parar con un gran cucharón de madera que recuerda a las abuelas.</p>
<p>Una especie de salón comunitario está en el centro del espacio plano del camino pedregoso principal, donde unos cuantos obreros se acomodan en sillas plásticas a la espera del almuerzo o simplemente para descansar y relajarse.</p>
<p><img alt="" src="http://www.photoshelter.com/img-get/I0000moGt7Zp4XeQ/s/1000?1395951306.jpg" style="float:left; height:200px; margin:5px; width:300px" />En Las Filipinas no residen muchas personas, pero de 8 de la mañana a 7 de la noche casi todo del distrito municipal de Bahoruco, de la provincia Barahona, se la pasa en esta comunidad.</p>
<p>“Hay personas que viven aquí, pero son muy pocas. La mayoría de nosotros tenemos nuestros vehículos y nos transportamos diario”, refiere Reynaldo Arboleda.</p>
<p>Cuenta que tiene una vivienda situada a unos metros del lugar de trabajo, y que cuando desea pernoctar allí, la tiene a su disposición. “Tengo mi casita, con mi colchón y mis cosas, que el día que quiero quedarme de <em>hobby</em> me quedo, cuando hay mucho calor allá abajo”, detalla.</p>
<p>“Aquí mantenemos el orden. Por eso, tú puedes ver esas plantas que cuestan dinero, esos motores que cuestan dinero. No puede venir un individuo a llevarse algo de eso, porque entonces no puede volver más”, asegura con firmeza Arboleda.</p>
<p>Unos 12 kilómetros de camino, en muy mal estado, recorren todos días los obreros y otros comunitarios para llegar a la mina en la gran montaña color castaño con rastros de verde aceituna.</p>
<p>Más abajo está Bahoruco, a orillas del mar azul, un azul hermoso como la piedra del larimar, con casitas de colores de madera y bloques de cemento. Un poco más a atrás está el centro de la Perla del Sur, Barahona, con el ardiente sol pintando sus calles al atardecer. Termina un agotador día de trabajo en las minas de larimar.</p>