Cada 24 de abril, la historia dominicana vuelve a latir con
una claridad de rebeldía. La insurrección de 1965 además de un estallido
social, fue una respuesta organizada de las clases trabajadoras, populares y
sectores progresistas frente a la ruptura del orden constitucional y al intento
de perpetuar un modelo de dominación excluyente. En aquel momento, el pueblo
(obreros, estudiantes, militares constitucionalistas, barrios enteros), se
colocó del lado de la soberanía y la dignidad, enfrentando no solo a las élites
locales, sino también a la intervención extranjera que buscó sofocar el impulso
emancipador.
No se trató solo de restaurar a un presidente derrocado. La gesta de abril desbordó ese objetivo inicial para convertirse en una lucha más profunda, la disputa por el sentido mismo del poder. De un lado, las fuerzas conservadoras, ancladas en privilegios históricos y en la dependencia geopolítica; del otro, un pueblo que comenzaba a reconocerse como sujeto político, consciente de su capacidad para transformar la realidad. La consigna constitucionalista se convirtió, en la práctica, en una plataforma de reivindicación social.
La intervención militar de Guerra de Abril de 1965,
encabezada por Estados Unidos, dejó al descubierto los límites que el
imperialismo impone a los procesos de autodeterminación en América Latina. No
fue una “misión de paz”, como se intentó presentar, sino una operación para
impedir que el ejemplo dominicano irradiara hacia otros pueblos. Abril, en ese
sentido, es también una lección geopolítica: cuando las mayorías avanzan, los
centros de poder reaccionan.
Pero intentar reducir abril a una efeméride es traicionar su
esencia. La desigualdad estructural que motivó aquella rebelión no ha sido
superada; muta, se adapta, se maquilla con discursos tecnocráticos. Las élites
siguen administrando el Estado como un instrumento de reproducción de
privilegios, mientras amplios sectores continúan marginados de los beneficios
del desarrollo. La historia, entonces, no es un recuerdo, es resistencia.
Hoy, más que nunca, abril es la trinchera del honor. No para repetir mecánicamente sus formas, sino para recuperar su contenido, organización, conciencia y vocación de transformación. La memoria de los caídos no exige nostalgia, sino continuidad. En un país donde la concentración de riqueza y poder sigue marcando el rumbo, el espíritu de 1965 persiste como una tarea inconclusa. La tarea es es seguir la experiencia de abril: RESISTIR!



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