Corides fue real; Morrobel, un invento genial de Freddy Beras Goico. El primero marchaba sobre un burro. Morrobel, en cambio, gustaba de visitar la provincia de Hoyo Grande. Rechoncho y bigotudo, era la viva imagen de un Concho Primo de nadie y compadre de todo el mundo. Siempre vestido de traje, sus discursos eran verdaderas piezas de filosofía popular, cargadas de ocurrencias, picardía y esa sabiduría criolla que sabía hacer reír sin necesidad de ofender.
Corides y Morrobel fueron personajes decentes. Podían provocar la carcajada, la burla o la complicidad, pero conservaban algo que hoy parece escasear: el respeto por la palabra y por quienes escuchaban.
Alofoke pertenece a otra escuela.
No es el personaje pintoresco que llega montado en un burro ni el político imaginario que recorre una provincia inventada. Es, más bien, el insulto convertido en personaje, la vulgaridad elevada a espectáculo y el lenguaje soez convertido en mercancía.
Donde Corides hacía reír con su presencia, Alofoke provoca con la palabra. Donde Morrobel convertía sus discursos en filosofía popular, Alofoke parece convertir cada micrófono en una tribuna para la desmesura.
La diferencia no está solamente en el contenido, sino en la manera de entender la comunicación. Corides y Morrobel podían ser caricaturas, pero detrás de ellas había humanidad. Eran personajes que podían representar al pueblo sin degradarlo.
Alofoke, en cambio, parece haber descubierto que mientras más hiriente sea la expresión, mayor puede ser el espectáculo; mientras más vulgar el lenguaje, más atención consigue; mientras más lejos llegue la provocación, más rentable resulta el escándalo.
Y ahí está la paradoja: en una sociedad que alguna vez convirtió la sátira en arte, la picardía en literatura y el humor popular en una forma de inteligencia colectiva, hemos llegado a confundir el ruido con el talento y la grosería con la autenticidad.
Corides tenía un burro. Morrobel tenía su traje, su bigote y su provincia de Hoyo Grande. Los dos tenían algo más importante: un límite.
Alofoke parece haber decidido que ese límite no existe.
Y quizá por eso, entre Corides y Morrobel, la diferencia no la marca el burro, ni el traje, ni el bigote. La marca la palabra. Porque se puede hablarle al pueblo con lenguaje popular sin rebajarlo, se puede provocar una carcajada sin humillar a nadie y se puede ser irreverente sin convertir la vulgaridad en bandera.
El problema no es hablar como habla el pueblo. El problema es creer que para hablarle al pueblo hay que insultarlo.
FS

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