Ha muerto el doctor Antonio Thomen Acevedo. Para mí, y para una parte esencial de la historia ambiental de nuestro país, ha muerto el padre del movimiento ecológico dominicano.

Cuando pienso en Antonio, me llegan tres palabras: entereza, reciedumbre y ternura. Las llevaba juntas, sin alardes. Indoblegable. No doblaba su juicio frente a la amenaza, el cargo, el dinero o el halago; tampoco usaba la firmeza para herir a los demás.

En los años en que defender un bosque parecía una rareza, Antonio ya estaba organizando, educando, escribiendo, reuniendo científicos y buscando a la gente. Fue fundador del Instituto Dominicano de Bioconservación y uno de los primeros grandes constructores de nuestra conciencia ambiental.

Sabía reconocer el daño aunque llegara envuelto en palabras técnicas o promesas de progreso. Enfrentó el proyecto de llenar de eucalipto nuestras montañas. Se puso al frente de la lucha contra los lodos cloacales y la basura importada que pretendían depositar en Oviedo. No permitió que el lenguaje de los promotores ocultara lo que aquellos barcos traían.

De esa lucha surgió la Ley 218 de 1984, que cerró las puertas del país a la importación de basuras y desechos tóxicos. Fue una victoria ambiental, sanitaria y soberana.

También enfrentó los proyectos de canje de deuda por naturaleza, los primeros intentos de privatizar el Sistema Nacional de Áreas Protegidas y cualquier fórmula que pretendiera convertir nuestros bosques, montañas y aguas en moneda de negociación. La deuda no podía pagarse entregando el territorio.

Fue un bastión en la construcción de nuestra legislación ambiental y un defensor radical de las áreas protegidas. Cuando el Decreto 319-97 desarticuló una parte sustancial del sistema, Antonio estuvo entre los catorce firmantes del documento que dio origen a Ecosistema 14 y a la gran confluencia nacional Para que siempre haya patria.

Recorrimos el país. Donde había un área protegida amenazada, tratábamos de llegar. Juntamos comunidades, universidades, científicos, especialistas y solidaridad internacional hasta conseguir que aquel despojo retrocediera.

Su compromiso venía de una raíz todavía más profunda. Para Antonio, la democracia, la libertad, la soberanía, la justicia social y la defensa del territorio eran partes de una misma conversación. Renunció después del golpe de Estado contra Juan Bosch y durante la intervención militar de 1965 encaró a las tropas extranjeras y fue arrestado.

Su ética también quedó escrita. En Consejos que me dio mi padre, en sus libros, ensayos y columnas, habló de responsabilidad, conducta, justicia y dignidad. Su palabra pesaba porque venía acompañada de vida.

Antonio era firme, pero también cariñoso, tierno y cercano. Escuchaba. Enseñaba. Podía sostener una posición hasta el final y seguir dejando abierta la silla para conversar.

Hoy lo lloro y agradezco haberlo conocido, haber escuchado sus consejos y haber compartido con él luchas que marcaron mi vida y la vida ambiental del país.

Su muerte nos compromete más. Deja trabajo sobre la mesa: cuidar lo conquistado, impedir los retrocesos y defender cada palmo de esta tierra. Allí donde una montaña sea amenazada, un río negociado o un pedazo de patria ofrecido al mejor postor, su ejemplo volverá a pedirnos cuentas.

Gracias, doctor Antonio Thomen, maestro, orientador y compañero.

Su vida será bandera, brújula y guía

Hasta siempre, querido doctor Thomen.

Luis Carvajal