La gestión de los residuos sólidos es mucho
más que un problema de recolección. Es un desafío ambiental, territorial y de
gestión pública que comienza con la forma en que producimos y consumimos,
continúa con lo que hacemos con los materiales que descartamos y termina
poniendo a prueba la capacidad de nuestras instituciones para gestionarlos
adecuadamente. Sus consecuencias se manifiestan en calles, cañadas, ríos y
costas, pero sus causas —y buena parte de las posibilidades de solución— se
encuentran mucho antes de que un residuo llegue a cualquiera de esos lugares.
Los plásticos muestran con particular
claridad esa relación. Su bajo costo, versatilidad y presencia generalizada en
el consumo contrastan con las consecuencias de una disposición inadecuada. Una
botella, una funda o un envase abandonado en una vía pública puede ser
arrastrado hacia una cañada, pasar posteriormente a un río y terminar en el
mar. Un problema que percibimos como global tiene, por tanto, manifestaciones y
soluciones profundamente territoriales.
Es precisamente en el territorio donde los
gobiernos locales desempeñan un papel fundamental. Pero asumir esa
responsabilidad exige superar una visión todavía muy extendida: gestionar residuos sólidos no consiste
simplemente en recolectarlos y trasladarlos de un lugar a otro.
La gestión integral comienza antes de la
recolección y termina mucho después. Implica conocer cuánto residuo se genera y
sus características; organizar almacenamiento, rutas, frecuencias y transporte;
identificar materiales susceptibles de recuperación, reutilización o
valorización; y garantizar una disposición final ambientalmente adecuada para
aquello que no pueda aprovecharse. Supone pasar de administrar una operación de
recolección a gestionar un sistema
público con dimensiones ambientales, operativas, económicas, institucionales y
sociales.
República Dominicana ha avanzado en la
construcción del marco necesario para ese cambio. La Ley 225-20, General de
Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos Sólidos, posteriormente
modificada por la Ley 98-25, constituye la base legal del modelo actual. El
Plan Nacional de Gestión Integral de Residuos Sólidos 2025-2035 (PLANGIR)
amplía esa visión hacia fortalecimiento institucional, información,
valorización, disposición final, participación y economía circular.
Para los gobiernos locales adquieren
especial importancia los Planes Municipales de Gestión Integral de Residuos
Sólidos (PMGIRS), que parten del diagnóstico de cada territorio para avanzar
hacia planificación, implementación, monitoreo y evaluación. Esto introduce una
condición elemental: para gestionar
adecuadamente es necesario disponer de información adecuada.
¿Cuánto residuo genera un municipio? ¿Cuál
es su composición? ¿Qué proporción de la población recibe el servicio? ¿Cuál es
la capacidad operativa disponible? ¿Cuánto cuesta recolectar, transportar y
disponer? ¿Qué materiales pueden recuperarse o valorizarse? Contar con estas
respuestas permite sustituir progresivamente una gestión reactiva por otra
basada en datos, costos, capacidades y resultados.
La dimensión financiera resulta igualmente
importante. Personal, combustibles, mantenimiento, equipos, infraestructura y
disposición final tienen costos. Un sistema ambientalmente adecuado, pero
financieramente insostenible, terminará deteriorándose. La gestión integral
exige, por tanto, conocer cuánto cuesta prestar adecuadamente el servicio,
identificar ineficiencias y asegurar su sostenibilidad.
La valorización agrega otra dimensión. Una
parte de los residuos conserva valor material y, bajo determinadas condiciones,
puede reincorporarse a procesos productivos. Recuperación, reutilización y
reciclaje permiten disminuir la cantidad destinada a disposición final y pueden
generar actividad económica. Es en este punto donde la economía circular
trasciende el discurso ambiental para convertirse también en una estrategia de
gestión y aprovechamiento de recursos.
Pero la responsabilidad no corresponde
exclusivamente a los gobiernos locales. La gestión integral involucra al
Gobierno central, gobiernos locales, ciudadanía, productores, importadores,
comercializadores, gestores y recicladores. Se trata de responsabilidades diferenciadas que deben funcionar de manera
articulada.
La ciudadanía tiene responsabilidades
concretas: reducir la generación cuando sea posible, entregar adecuadamente los
residuos, respetar los mecanismos establecidos y evitar su disposición en
espacios no autorizados. El sector productivo también participa de este
sistema. El principio de Responsabilidad Extendida del Productor (REP)
incorpora precisamente responsabilidades asociadas a determinados productos más
allá del momento de su comercialización.
La
educación ambiental es indispensable, pero por sí sola no resuelve el problema. El comportamiento ciudadano también está condicionado por la
calidad de los servicios y por el funcionamiento de las instituciones. Exigir
horarios de entrega requiere servicios razonablemente regulares; promover una
disposición adecuada requiere mecanismos accesibles; y las conductas que
afectan deliberadamente espacios públicos, drenajes o cursos de agua requieren
fiscalización y aplicación efectiva de las normas.
Educación
ambiental, calidad del servicio y cumplimiento normativo son componentes de un
mismo sistema de gestión. Se necesitan ciudadanos
informados y responsables, pero también instituciones capaces de planificar,
prestar servicios confiables, fiscalizar y hacer cumplir las reglas.
La gestión integral implica, finalmente,
cambiar nuestra propia concepción de los residuos. El objetivo no puede
limitarse a recolectarlos y trasladarlos hacia un sitio de disposición final.
Debemos prevenir y reducir su generación, recuperar aquellos materiales que
todavía poseen valor y disminuir progresivamente la cantidad que requiere
disposición final. Esto exige también reconocer que no todos los residuos son
aprovechables ni toda valorización resulta técnica o económicamente viable.
República Dominicana dispone hoy de un
marco normativo y de planificación considerablemente más desarrollado que hace
algunos años. El desafío se encuentra ahora en convertir ese marco en capacidad institucional y resultados
verificables en los territorios.
La gestión integral de residuos sólidos no
debería evaluarse solamente por la existencia de leyes, planes, equipos o
infraestructuras, sino por sus resultados: reducción
de la generación, mayor recuperación y valorización, disminución de la
disposición inadecuada, sostenibilidad de los servicios y mejores condiciones
ambientales en nuestros territorios.
Ese es el cambio de enfoque: dejar de
administrar únicamente las consecuencias de la generación de residuos y
comenzar a gestionar integralmente su ciclo como parte de una política pública
ambiental, territorial y de desarrollo sostenible.
Ing. Ricardo López
Consultor en Tecnología, Planificaci

Comentarios (0)
Dejar un comentario