Duele. Duele en el alma, en el pecho, y en esa parte de nosotras que sabe que podría ser cualquiera de nosotras.

Hoy la Policía Nacional informa de una adolescente que fue obligada a beber veneno por su pareja. No fue un arrebato, no fue un accidente. Fue una condena a muerte dictada por quien supuestamente debía protegerla y amarla.

Pero, ¿cuántas veces más vamos a leer titulares así antes de que nos duela de verdad?

En República Dominicana, los feminicidios no son un "suceso aislado". Son una epidemia. Somos el país con una de las tasas más altas de América Latina. Y lo peor no son solo los números; es saber que detrás de cada cifra hay una niña, una hermana, una madre que pidió ayuda y no llegó a tiempo.

Es la frustración de saber que muchas de estas mujeres ya habían denunciado. Es la rabia de ver que el sistema falla, que los protocolos se quedan en papel, y que la impunidad sigue siendo el mejor cómplice de los agresores.

No basta con una bandera morada un día al mes. No basta con velas en un parque. Necesitamos acción. Necesitamos que cada denuncia sea una sentencia de protección real. Necesitamos educar a nuestros hombres desde niños para que entiendan que una mujer no es una propiedad.

Nos están matando. Y la indiferencia de la sociedad también es un veneno.

Este dolor no es solo de la familia de esa adolescente. Es dolor de todas. Es el grito de una generación que exige vivir sin miedo.

Exigimos justicia. Exigimos protección. Exigimos que se acabe esta pesadilla. YA. 😭💔🕊️

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