No son nuestros adolescentes y jóvenes los únicos responsables de actuaciones que golpean la tranquilidad de ellos, de sus familiares y de la sociedad. En la repartición de culpas debemos tener una visión más amplia, que parta de una evaluación crítica del modelo societal imperante.
Se quiere satanizar a los padres, olvidando que muchos se han vuelto abuelos a destiempo, con el agravante estructural de que a una inmensa mayoría nunca le fue posible hacer de la escuela su lugar común para moldear su desarrollo.
Tenemos hijos de niños y niñas que, ya con 12 o 13 años, se nos dificulta identificar quién es el padre, la madre, el hijo o el hermano. Se ha alcanzado un enorme crecimiento, como nunca antes, en la producción de bienes y servicios; también, como nunca antes, se ha puesto en ejecución una inteligente y perniciosa manipulación espiritual de las personas.
Hoy nos burlamos, ridiculizamos y rechazamos a quienes defienden criterios como la solidaridad, la hermandad y la convicción de que todos los niños son nuestros hijos y que merecen, de parte nuestra, protección, ayuda espiritual y orientación.
Se ha formado un urbanismo selvático: estamos juntos en la geografía y en las comunicaciones, pero cada vez más alejados del otro. Vamos a la iglesia; allí comulgamos, nos arrodillamos y repartimos los abrazos del «la paz sea con todos»; pero, de inmediato, actuamos como si fuéramos fieras en una competencia salvaje y desleal de unos contra otros y de todos contra todos.
Atravesamos una etapa histórica caracterizada por avances tecnológicos como nunca antes se habían logrado, pero el progreso técnico-científico camina de la mano con lazos sociales y afectivos débiles, casi inexistentes. Nunca como ahora las personas estamos más solas.

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