Por Ramón Morel
Hay una contradicción que la política dominicana ha aprendido a considerar normal: los partidos exigen elecciones competitivas para gobernar el país, pero cuando llega la hora de gobernarse a sí mismos descubren repentinamente las virtudes de la unanimidad.
El Partido Revolucionario Moderno acaba de ofrecernos un buen ejemplo.
El pasado 9 de agosto, Luis Abinader fue escogido presidente del PRM para el período 2026-2030. No tuvo adversario. La Dirección Ejecutiva había acordado previamente una plancha única y la Asamblea Nacional de Delegados la aprobó por aclamación. Los delegados, por tanto, no tuvieron que decidir entre propuestas distintas ni entre dirigentes que compitieran por conducir la organización. La decisión sustantiva había sido construida antes de llegar al organismo llamado a elegir.
Puede discutirse la conveniencia de ese mecanismo. Lo que resulta más difícil es llamarlo competencia democrática.
Y aquí está el problema de fondo.
La democracia no consiste simplemente en reunir personas, levantar manos y proclamar una dirección. Tampoco desaparece necesariamente porque exista consenso. El consenso puede ser legítimo, útil y hasta indispensable para evitar fracturas. Pero cuando se convierte sistemáticamente en sustituto de la competencia, puede terminar transformando el derecho a elegir en el derecho a ratificar.
El propio PRM ha defendido la fórmula desde una lógica comprensible: preservar la unidad. José Ignacio Paliza señaló antes de la convención que la unidad había caracterizado a la organización, mientras dirigentes perremeístas han presentado posteriormente el consenso como instrumento de cohesión con miras a 2028.
Pero ahí aparece una pregunta que vale mucho más que cualquier disputa interna del PRM:
¿Hasta dónde puede sacrificarse la competencia en nombre de la unidad sin vaciar de contenido la democracia?
Porque unidad y democracia no son sinónimos.
Una organización puede estar perfectamente unida porque sus miembros coinciden. Pero también puede parecer unida porque las contradicciones fueron resueltas arriba antes de que las bases tuvieran oportunidad de expresarlas abajo.
Son fenómenos completamente diferentes.
La Constitución dominicana no trata la democracia interna como un adorno retórico. Su artículo 216 establece que la conformación y funcionamiento de los partidos deben sustentarse en el respeto a la democracia interna y la transparencia. Y la Ley 33-18 va todavía más lejos: obliga a las organizaciones políticas a instituir mecanismos que garanticen esa democracia y reconoce a sus miembros el derecho de elegir y ser elegidos. Sus estatutos, además, deben contemplar la renovación de los órganos directivos mediante votación periódica.
El Tribunal Constitucional ha definido incluso la democracia interna como uno de los pilares del régimen dominicano de partidos y ha señalado que esas organizaciones deben poseer estructuras que permitan a los militantes intervenir realmente en su vida interna.
Por eso el asunto no debería reducirse a preguntar si una plancha única está permitida.
La pregunta importante es otra:
¿Qué clase de ciudadanía política estamos formando dentro de partidos donde cada vez hay menos cosas que decidir?
El militante que se acostumbra a ratificar difícilmente aprende a deliberar. El dirigente que asciende mediante acuerdos de estructuras superiores no necesita convencer de la misma manera que quien debe competir. Y una organización donde disentir comienza a interpretarse como amenaza contra la unidad termina produciendo obediencia donde debería producir liderazgo.
Ese problema se vuelve todavía más significativo cuando se trata del partido gobernante.
Luis Abinader concentra ahora dos condiciones políticamente poderosas: presidente de la República y presidente de la organización que controla el Gobierno. Nada de eso constituye por sí mismo una irregularidad. Pero precisamente por esa concentración natural de influencia es cuando mayores deberían ser los contrapesos internos, la deliberación y la autonomía partidaria.
Hay otro detalle revelador.
Poco antes de la convención se había dispuesto que las nuevas autoridades nacionales fueran escogidas excepcionalmente por dos años. Sin embargo, en la propia asamblea del 9 de agosto ese período terminó ampliándose a cuatro años, hasta 2030.
Otra vez: no estamos afirmando que la decisión sea ilegal.
Estamos señalando algo políticamente más interesante: en nuestras organizaciones, las reglas, los cargos y los períodos pueden terminar dependiendo demasiado de acuerdos producidos por quienes ya ocupan las posiciones desde las cuales se construye el consenso.
Y entonces surge una vieja paradoja de la democracia dominicana: queremos instituciones fuertes, pero seguimos dependiendo de liderazgos fuertes; reclamamos reglas impersonales, pero aceptamos arreglos personalizados; exigimos pluralismo al Estado, mientras consideramos peligrosa la competencia dentro de los partidos.
Sería cómodo presentar este fenómeno como una enfermedad exclusiva del PRM. No lo es.
La oposición cometería un serio error si observa este episodio simplemente como munición contra el oficialismo. La discusión obliga a todas las organizaciones políticas dominicanas a mirarse al espejo. Ningún partido puede reclamar democracia nacional mientras reserva para sus propias estructuras mecanismos que reducen la capacidad efectiva de sus militantes para escoger, disputar posiciones, cuestionar decisiones y renovar liderazgos.
Un partido democrático no es aquel donde nunca existen conflictos.
Es aquel que construye procedimientos capaces de procesarlos.
La unanimidad puede producir una magnífica fotografía. Todos sonríen, todos levantan la mano, nadie contradice a nadie y la ceremonia termina temprano.
La democracia suele ser bastante más incómoda.
Hay candidatos, diferencias, debates, derrotados, vencedores y resultados que las direcciones no siempre pueden controlar.
Precisamente por eso vale la pena.
Porque el día en que las bases solo sean convocadas para aprobar lo que las cúpulas ya decidieron, podremos seguir llamando a esos encuentros convenciones, elecciones o asambleas.
Pero tendremos que reconocer que algo esencial habrá cambiado:
Los partidos seguirán enseñando democracia hacia afuera mientras practican aclamación hacia adentro.
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